La Coctelera

Categoría: Cuentos

Creo que grité.

23 nov 05


Cuando estuve ante el armario pasaron unos segundos hasta comprender que mi cuerpo no se reflejaba en el espejo. Bien despierto, habría sendido erizárseme el cabello, pero en ese automatismo de todas mis actitudes me pareció simple explicación el hecho de que la puerta del armario estaba cerrada y que, por lo tanto, el ángulo del espejo no alcanzaba a incluirme. Con la mano derecha abrí rápidamente la puerta.
Y entonces me vi, pero no a mí mismo. Es decir, no me vi ante el espejo. Ante el espejo no había nada. Iluminado crudamente por el velador estaba el lecho y mi cuerpo yacía en él, con un brazo desnudo colgando hasta el suelo, la cara blanca, sin sangre.
Creo que grité. Pero mis propias manos ahogaron el alarido. No me atrevía a darme vuelta, a despertar de una vez. Ni siquiera se afirmaba en mi atonía la absurda irrealidad de aquello. De pie frente al espejo que no devolvía mi imagen, seguí mirando lo que había a mi espalda. Comprendiendo, poco a poco, que yo estaba en la cama y que acababa de morir.

Retorno de la noche. Historias de Gabriel Medrano. Cuento escrito en 1941 por Julio Cortazar.
Imágen El grito de E. Munch.

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--Todo lo que quiero es que no te vayas--

8 oct 05

Después de tanto tiempo, a la salida del alba y con los primeros rayos de sol entrando en la habitación a través de los pequeños agujeros de la persiana, descubrí que no lo amaba.
Despúes de nuestro encuentro, aquella tarde, en su mirada volví a descubrir vestigios de tristeza, tristeza recalcitrante de años atrás. Tristeza que me hizo sentir aún peor. Estaba allí sentado en el banco de siempre, mirando al infinito, solo dijo hola cuando me vió. Me senté a su lado y no hablamos, era demasiado grande la tristeza que tenía dentro, la que sentíamos los dos.
Ahora yacía a mi lado, la respiración entrecortada y tumbado boca abajo, era él. Ese desconocido que durante tantos meses había compartido conmigo tristezas y alegrias, así como buenos y malos momentos. Y ahora lo veía claro, necesitaba mi espacio, necesitaba pensar por mi misma y sobre todo en mi. Tumbada a su lado, observando como dormía, sentía que las palabras fluían pero no salían de mi boca, sentía que no quería escucharlas y por eso no terminaban de fluir y eso me molestaba, me molestaba muchísimo, que no pudiera hacerlo. El estar atada, atada a esa tristeza continua que siempre llevaba dentro, como si fuese la mismísima ropa que se pone uno todos los días al levantarse, me estaba quemando, matando lentamente a mi también.
Rocé por última vez su espalda con la yema de mis dedos, por un segundo ví al niño asustado que lleva dentro, pero yo no sentí nada, solo la necesidad de decirle adíos y volví a tocarle y con mis manos y mis dedos, volví a sentirle, ahora era tarde, debía despedirme, debía decirle adios.
Sin más me fuí, y hoy después de dos semanas, sin saberlo he rozado tu alma, era fria, de un color indescriptible. Sé que era tu alma, la he conocido por el halo de tristeza que la rodeaba. Ahora sé que te ha abandonado, ahora se que ya no estás. Ahora sé que has cumplido lo que siempre has querido hacer, lo que siempre he intuido, lo que nunca me dijíste, lo que no supiste afrontar. Hoy te he perdido y sé que no te voy a volver a ver más.
Y hoy no paro de pensarlo, quizás las palabras fluyeron de mi boca aún sin pronunciarlas y tu te fuíste para no volver, y mentiría, mentiría si dijése que me da igual, pues no es así, mentiría si dijése que no te ame y que te voy a olvidar.
Debería de acabar con todo esto, salir corriendo pero mis pies están pegados al suelo, articularlos es imposible y una y otra vez vuelvo. Vuelvo siempre al mismo punto de partida, aún sabiendo que no debería hacerlo. Intento cambiar el camino, el rumbo hacia esa dirección, pero nunca lo consigo. Tu rostro, tu cuerpo y tu respiración son la última imagen que tuve de ti, la que retienen mis pupilas, la que me viene a la cabeza una y otra vez golpeando, golpeandome enmedio mismo del corazón. Por eso tomo una y otra, otra y una más de otro color, y así hasta quince van rozando mi garganta con apenas un poco de agua.
Hoy ha brillado el sol, era un sol radiante, me acuerdo, pero ahora, con el crepitar de las gotas de lluvia en la ventana y sin más ruido que mi respiración entrecortada, me duermo y el silencio cae sobre la noche y los sueños y la muerte sobre mi alma.
Ladymacbeth. 25 de Marzo de 2005. Imágen Álvaro Zurieta

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De puro distraido.

3 sep 05

Nunca se consideró un exiliado politicó. Había abandonado su tierra por un extraño impulso que se fraguó en tres etapas. La primera, cuando lo abordaron sucesivamente cuatro mendigos en la Avenida. La segunda, cuando un ministro usó la palabra Paz en la televisión e inmediatamente comenzó a temblarle el párpado derecho. La tercera, cuando entró a la iglesia de su barrio y vio que un Cristo (no el más rezado y colmado de cirios sino otro alicaído, de una nave lateral) lloraba como un bendito.
Quizá pensó que si se quedaba en su país se iba a desesperar a corto plazo y él bien sabía que no estaba hecho para la desesperación sino para el vagabundeo, la independencia, el modestísimo disfrute. Le gustaba la gente pero no se encadenaba. Se entretenía con el paisaje pero al final se empalagaba de tanto verde y añoraba el hollín de las ciudades. Saboreaba las tensiones metropolitanas pero llegaba un día en que se sentía cercado por los imponentes bloques de cemento.
Así como había vagado por las calles y los caminos de su tierra, empezó a vagar por los países, las fronteras y los mares. Era terriblemente distraído. A menudo no sabía en qué ciudad se encontraba, pero no por eso se decidía a preguntar. Simplemente seguía caminando, y en todo caso, si se equivocaba, no le importaba salir del error. Si precisaba algo, ya fuera para comer o para dormir, disponía de cuatro idiomas para buscarlo y siempre había alguien que lo comprendía. En el peor de los casos, le quedaba el esperanto de los gestos.
Viajaba en ferrocarril o en autobús, pero normalmente lograba que lo recogieran en algún auto o camión. Inspiraba confianza. La gente le creía las cosas más absurdas, y no se equivocaba, porque todo en él era un poco absurdo. Por lo común andaba solo, y era lógico, ya que ningún hombre ni, menos aún ninguna mujer, habría sido capaz de soportar tanta incuria y tanto desorden.
Cuando pasaba por una frontera, mostraba el pasaporte con un gesto displicente o mecánico, pero inmediatamente se olvidaba de qué frontera se trataba. Permanecía poco tiempo en el centro de las ciudades. Prefería los barrios marginales, donde se llevaba bien con los niños y los perros.
A veces surgía algún detalle que le servía de orientación. Pero no siempre. Una mañana se halló junto a un canal y creyó que estaba en Venecia, pero era Brujas. Confundir el Sena con el Rhin, y viceversa, le ocurrió por lo menos en tres ocasiones. No llevaba brújula sino que se orientaba por el sol, pero cuando le tocaban días tormentosos, de cielo oscuro, no tenía la menor idea de dónde quedaba el norte. Y eso tampoco lo afectaba, ya que no tenía preferencia por ninguno de los puntos cardinales.
Cierto mediodía se entero que caminaba por Helsinki porque vio una cabina telefónica que decía Puhelin. Era uno de sus escaso datos sobre Finlandia. Otro día sintió un alarmante tirón de hambre en el estómago y extrajo de su morral un poco de queso; cuando masticaba con fruición advirtió que se había recostado a una columna que le trajo el recuerdo de las de mármol pentélico que había visto en alguna foto del Partenón, y claro, a partir de esa asociación se dió cuenta que efectivamente estaba en la Acrópolis. Sí, era terriblemente distraído. En una ocasión nevaba y para protegerse del frío se metío en las galerías comerciales de Les Halles. Cuando, un semestre después, emergió de otras galerías subterráneas en pleno centro de Estocolmo, se alegró sinceramente de que ya no nevara.
De vez en cuando iba a los aeropuertos, pero casí nunca viajaba en avión, entre otras cosas porque, después de presentarse en el mostrador correspondiente y despachar su liviano equipaje, se iba a la terraza a ver cómo despegaban y aterrizaban las grandes aeronaves y no prestaba la menor atención a los altavoces, que repetían su nombre con insistencia.
En cierta ocasión, sin embargo, y vaya a saber por qué extraño mecanismo, permaneció junto a la puerta de embarque y subió confiadamente al avión con los demás pasajeros. Cuando llegó a destino y mostró su pasaporte, tan displicentemente como de costumbre, un funcionario de emigración lo miró con atención y le dijo: "Venga conmigo". Él lo siguió mansamente por un corredor desierto. Cuando llegaron a una puerta con un letrero Prohibido el Paso, el funcionario la abrió y lo conminó a entrar. Así lo hizo, desprevenido. Pensó acercarse a una mesa que había en el centro de la habitación, pero de improviso no vio nada. Alguien, desde atrás, le había colocado una capucha. Sólo entonces comprendió que, de puro distraído, se encontraba de nuevo en su patria.
Geografias. (Mario Benedetti)

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La tristeza y la furia.

7 ago 05

En un reino encantado donde los hombres núnca pueden llegar, o quizá donde los hombres transitan eternamente sin darse cuenta...
En un reino mágico donde las cosas no tangibles se vuelven concretas...
Había una vez...
un estanque maravilloso.
Era una laguna de agua cristalina y pura donde nadaban peces de todos los colores existentes y donde todas las tonalidades del verde se reflejaban permanentemente... Hasta aquel estanque mágico y transparente se acercaron la tristeza y la furia para bañarse en mutua compañia.
Las dos se quitaron sus vestidos y, desnudas, entraron en el estanque.
La furia, que tenía prisa (como siempre le ocurre a la furia), urgida -sin saber por qué- se bañó rápidamente y, más rápidamente aún, salío del agua...
Pero la furia es ciega o, por lo menos, no distingue claramente la realidad. Así que, desnuda y apurada, se puso, al salir, el primer vestido que encontró...
Y sucedió que aquel vestido no era el suyo, sino el de la tristeza...
Y así, vestida de tristeza, la furia se fue.
Muy callada, muy serena, dispuesta como siempre a quedarse en el lugar donde está, la tristeza terminó su baño y, sin ninguna prisa -o, mejor dicho, sin conciencia del paso del tiempo-, con pereza y lentamente, salió del estanque.
En la orilla se dió cuenta de que su ropa ya no estaba.
Como todos sabemos, si hay algo que a la tristeza no le gusta es quedar al desnudo. Así que se puso la única ropa que había junto al estanque: el vestido de la furia.
Cuentan que, desde entonces, muchas veces uno se encuentra con la furia, ciega, cruel, terrible y enfadada. Pero si nos damos tiempo para mirar bien, nos damos cuenta de que esta furia que vemos es sólo un disfraz, y que detrás del disfraz de la furia, en realidad, está escondida la tristeza.

(Jorge Bucay. Cuentos para pensar.)

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El gigante egoista

26 may 05

Todas las tardes al salir de la escuela tenían los niños la costumbre de ir a jugar al jardín del gigante. Era un jardín grande y bello, con suave hierba verde. Acá y allá sobre la hierba brotaban hermosas flores semejantes a estrellas, y había doce melocotoneros que en primavera se cubrían de flores delicadas rosa y perla y en otoño daban sabroso fruto. Loa pájaros se posaban en los árboles y cantaban tan melodiosamente que los niños dejaban de jugar para escucharles.
-¡Qué felices somos aquí!- se gritaban unos a otros.
Un día regresó el gigante. Había ido a visitar a su amigo el ogro de Cornualles, y se había quedado con él durante siete años. Al cabo de los siete años había agotado todo lo que tenía que decir, pues su conversación era limitada, y decidió volver a su castillo. Al llegar vio a los niños que estaban jugando en el jardín.
-¿Qué estáis haciendo aquí?- gritó con voz muy bronca.
Y los niños se escaparon corriendo.
-Mi jardín es mi jardín- dijo el gigante-; cualquiera puede entender eso, y no permitiré que nadie más que yo juegue en él.
Así que lo cercó con una alta tapia, y puso este letrero: PROHIBIDA LA ENTRADA BAJO PENA DE LEY.
Era un gigante muy egoísta. Los pobres niños no tenían ya dónde jugar. Intentaron jugar en la carretera, pero la carretera estaba muy polvorienta y llena de duros guijarros, y no les gustaba. Solían dar vueltas alrededor del alto muro cuando terminaban las clases y hablaban del bello jardín que había al otro lado.
-¡Qué felices eramos allí!- se decían.
Luego llegó la primavera y todo el campo se llenó de florecillas y de pajarillos. Sólo en el jardín del gigante egoísta seguía siendo invierno. A los pájaros no les interesaba cantar en él, ya que no había niños, y los árboles se olvidaban de florecer. En una ocasión una hermosa flor levantó la cabeza por encima de la hierba, pero cuando vió el letrero sintió tanta pena por los niños que se volvió a deslizar en la tierra y se echó a dormir. Los únicos que se alegraron fueron la nieve y la escarcha.
-La primavera se ha olvidado de este jardín- exclamaron-, así que viviremos aquí todo el año.
La nieve cubrió la hierba con su gran manto blanco, y la escarcha pintó todos los árboles de plata. Luego invitaron al viento del Norte a vivir con ellas, y acudió. Iba envuelto en pieles, y bramaba todo el día por el jardín, y soplaba sobre las chimeneas hasta que las tiritaba.
-Éste es un lugar delicioso- dijo-. Tenemos que pedir al granizo que nos haga una visita.
Y llegó el granizo. Todos los días, durante tres horas, repiqueteaba sobre el tejado del castillo hasta que rompió casi toda la pizarra, y luego corría dando vueltas y más vueltas por el jardín tan deprisa como podía. Iba vestido de gris, y su aliento era como el hielo.
-No puedo comprender por qué la primavera se retrasa tanto en llegar- decía el gigante egoísta cuando sentado a la ventana contemplaba su frío jardín blanco-. Espero que cambie el tiempo.
Pero la primavera no llegaba nunca, ni el verano. El otoño dio frutos dorados a todos los jardines, pero al jardín del gigante no le dio ninguno. -Es demasiado egoista- decía.
Así es que siempre era invierno allí, y el viento del Norte y el granizo y la escarcha y la nieve danzaban entre los árboles.
Una mañana, cuando estaba el gigante en su lecho, despierto, oyó una hermosa música. Sonaba tan melodiosa a su oído que pensó que debían ser los músicos del rey que pasaban. En realidad era solo un pequeño pardillo que cantaba delante de su ventana, pero hacía tanto tiempo que no oía cantar a un pájaro en su jardín que le pareció la música más bella del mundo. Entonces el granizo dejó de danzar sobre su cabeza, y el viento del Norte dejó de bramar, y llegó hasta él un perfume delicioso a través de la ventana abierta.
-Creo que la primavera ha llegado por fin- dijo el gigante. Y saltó del lecho y se asomó.
¿Y qué es lo que vió?
Vió un espectaculo maravilloso. Por una brecha de la tapia, los niños habían entrado arrastrándose, y estaban sentados en las ramas de los árboles. En cada árbol de los que podía ver había un niño pequeño. Y los árboles estaban tan contentos de tener otra vez a los niños, que se habían cubierto de flores y mecían las ramas suavemente sobre las cabezas infantiles. Los pajaros revoloteaban y gorjeaban de gozo, y las flores se asomaban entre la hierba verde y se reían. Era una bella escena. Sólo en un rincón seguía siendo invierno. Era el rincón más apartado del jardín, y había en é un niño pequeño; era tan pequeño que no podía llegar a las ramas del árbol, y daba vueltas a su alrededor llorando amargamente. El pobre árbol estaba todavía enteramente cubierto de escarcha y de nieve, y el viento del Norte soplaba y bramaba sobre su copa.
-Trepa, niño- decía el árbol-, e inclinaba las ramas lo más que podía. Pero el niño era demasiado pequeño.
Y el corazón del gigante se estremeció mientras miraba. -¡Qué egoísta he sido!- se dijo-; ahora sé por qué la primavera no quería venir aquí. Subiré a ese pobre niño a la copa del árbol y luego derribaré la tapia, y mi jardín será el campo de recreo de los niños para siempre jamás. Realmente sentía mucho lo que había hecho.
Así que bajó cautelosamente las escaleras y abrió la puerta principañ muy suavemente y salió al jardín. Pero cuando los niños le vieron se asustaron tanto que se escaparon todos corriendo, y en el jardín volvió a ser invierno. Sólo el niño pequeño no corrió, pues tenía los ojos tan llenos de lágrimas que no vió llegar al gigante. Y el gigante se acercó a él silenciosamente por detrás y le cogió con suavidad en su mano y le subió al árbol. Y al punto el árbol rompió en flor, y vinieron los pájaros a cantar en él; y el niño extendió sus dos brazos y rodeó con ellos el cuello del gigante, y le besó.
Y cuando vieron los otros niños que el gigante ya no era malvado, volvieron corriendo, y con ellos llegó la primavera.
-El jardín es vuestro ahora, niños- dijo el gigante. Y tomó un hacha grande y derribó la tapia.
Y cuando iba la gente al mercado a las doce encontró al gigante jugando con los niños en el más bello jardín que habían visto en su vida. Jugaron todo el día, y al atardecer fueron a decir adiós al gigante.
-¿Pero dónde está vuestro pequeño compañero- pregunto él-, el niño que subí al árbol?.
Era al que más quería el gigante, porque le había besado.
-No sabemos- respondieron los niños-; se ha ido.
-Tenéis que decirle que no deje de venir mañana- dijo el gigante.
Pero los niños replicaron que no sabían dónde vivía, y que era la primera vez que le veían; y el gigante se puso muy triste.
Todas las tardes, cuando terminaban las clases, los niños iban a jugar con el gigante. Pero al pequeño a quien él amaba no se le volvió a ver. El gigante era muy cariñoso con todos los niños; sin embargo, echaba en falta a su primer amiguito, y a menudo hablaba de él.
-¡Cómo me gustaría verle!- solía decir.
Pasaron los años y el gigante se volvió muy viejo y muy débil. Ya no podía jugar, así que se sentaba en un enorme sillón y miraba jugar a los niños, y admiraba su jardín.
-Tengo muchas bellas flores- decía-, pero los niños son las flores más hermosas.
Una mañana de invierno miró por la ventana mientras se vestía. Ya no odiaba el invierno, pues sabía que era tan sólo la primavera dormida, y que las flores estaban descansando. De pronto, se frotó los ojos, como si no pudiera creer lo que veía, y miró, y miró. Ciertamente era un espectáculo maravilloso. En el rincón más lejano del jardín había un árbol completamente cubierto de flores blancas; sus ramas eran todas de oro, y de ellas colgaba fruta de plata, y al pie estaba el niño al que el gigante había amado.
Bajó corriendo las escaleras el gigante con gran alegría, y salío al jardín. Atravesó presurosamente la hierba y se acercó al niño. Y cuando estuvo muy cerca su rostro enrojeció de ira, y dijo:
-¿Quién se ha atrevido a herirte?
Pues en las palmas de las manos del niño había señales de dos clavos, y las señales de dos clavos estaban asimismo en sus piececitos.
-¿Quién se ha atrevido a herirte?- gritó el gigante, y le embargó un extraño temor, y se puso de rodillas ante el niño.
Y el niño sonrió al gigante y le dijo:
-Tú me dejaste una vez jugar en tu jardín; hoy vendrás conmigo a mi jardín, que es el paraiso.
Y cuando llegaron corriendo los niños aquella tarde, encontaron al gigante que yacía muerto bajo el árbol, completamente cubierto de flores blancas.
(OSCAR WILDE, El ruiseñor y la rosa y otros cuentos, traducción de Catalina Montes para Biblioteca Clásica, ed. Espasa Calpe, S.A. 1999)

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Sin identidad...

21 may 05

Eran rayas horizontales otras verticales, de varios tonos de verde, marrón y blanco, las que se podían observar a través de las ventanillas del tren en su recorrido por la parte norte de la provincia que dejaba atrás. Huía. Pasaban muy rápidas por la velocidad a la que viajaba el tren, pero a veces tan lentas que se podía entonces distinguir que eran los árboles y alguna que otra valla de algún cercado de alguna granja solitaria. Le gustaba mirar a través de la ventanilla, le gustaba apoyar la cabeza contra el crital frio a causa de la temperatura exterior, se sentia bien, pero huia, de vez en cuando recordaba por qué iba en ese tren y a dónde se dirigía. La mirada distante, a veces hacia el horizonte, intentando no pensar, pocas veces lo conseguia, pues sus pensamientos siempre volvian a lo mismo, volvian sobre la carta que había encontrado días atrás.
En si la carta no decía mucho pero lo explicaba todo. Todo lo que había ocurrido. Ella nunca pensó que llegase a ocurrir pero no lo pudo impedir, es más no sabía como había llegado a ese extremo, pensó que podría ser un juego, pero había descubierto que no lo era. Y ahora huía. No sabía bien de que pero lo hacía. Sentía un miedo extraño en el fondo de su ser e intuía que si se quedaba las cosas podrían empeorar. Y así fue como decidió dejarlo todo e irse. No merecia la pena saber más de lo que sabía, no merecía la pena sufrir por ello. Por eso decidió cambiar de vida y empezar de nuevo en otro lugar. Necesitaba ser otra, tener otra identidad...
(Belén Martínez García,18 de Mayo de 2005)

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