Lo que hace.
14 jun 05Jean Valjean escuchó. No se oía ruido alguno.
Empujó la puerta.
La empujó con un solo dedo, ligeramente, con la suavidad furtiva e inquieta de un gato que quiere entrar.
La puerta cedió bajo la presión, y el movimiento imperceptible y silencioso ensanchó un poco la abertura.
Esperó un momento, luego empujó la puerta por segunda vez, con mayor atrevimiento.
La puerta cedió en silencio. La abertura era suficientemente grande, ahora, como para permitirle pasar. Pero había cerca de la puerta una mesita que formaba con ella un ángulo, impidiendo la entrada.
Jean Valjean reconoció la dificultad. Era preciso ensanchar la abertura.
Se decidió y la empujó por tercera vez, con más energía que las anteriores. Esta vez un gozne mal untado de aceite dejó oir de repente en aquella oscuridad un crujido ronco y prolongado.
Jean Valjean se estremeció. El ruido de aquel gozne resonó en sus oidos con un eco formidable y vibrante, como el clarín del juicio final.
En el terror fantástico del primer momento, casi se figuró que aquel gozne se animaba y recibía una vida terrible, y que ladraba como un perro para advertir a todo el mundo y despertar a los que dormían.
Se detuvo, temblando, azorado, y el peso de su cuerpo se desplazó de las puntas de los pies a los talones. Oía latir sus arterias en sus sienes, como dos martillos de fragua, y le pareció que el aliento salía de su pecho con el ruido del viento que sale de una caverna. Le parecía imposible que el horrible clamor de aquel gozne irritado no hubiera estremecido la casa entera, como la sacudida de un temblor de tierra; la puerta, empujada por él, había dado la voz de alarma, y había llamado; el anciano iba a levantarse, las dos mujeres gritarían, recibirían auxilio y, antes de un cuarto de hora, el pueblo entero estaría en movimiento y la gendarmería en pie. Por un momento, se creyó perdido.
Permaneció inmóvil donde estaba, petrificado como la estatua de sal, sin atreverse a hacer movimiento alguno.
Transcurrieron algunos minutos. La puerta se había abierto de par en par. Se aventuró a mirar la habitación. Nada se había movido. Aguzó el oído. Nada se movía en la casa. El ruido del gozne mohoso no había despertado a nadie.
Aquel primer peligro había pasado, pero Jean Valjean se hallaba sobrecogido. Sin embargo, no retrocedió. Incluso cuando se creyó perdido, tampoco retrocedió. Sólo pensó acabar cuanto antes. Dió un paso y entró en la habitación.
Los miserables (1862), Victor Hugo