"Cuando Febo con su carro de fuego
cruza el cielo y comienza a lanzar su luz,
las estrellas palidecen
y se eclipsa el esplendor de su blanca frente
ante los rayos ardientes.
Cuando el bosque, animado por el soplo tibio
del Céfiro,
se viste del carmín de las primeras rosaa,
si sopla el Austro nebuloso
arranca las rosas de las ramas.
Muchas veces el mar en calma
irradia grandeza en sus aguas tranquilas,
pero sopla el Aquilón
y remueve con el fragor de la tempestad
la tranquilidad del mar.
Si tan rara es la faz del mundo,
y si tantos cambios experimena,
¡cómo confiar en las fortunas caducas de los
hombres
o en sus bienes fugaces!
Consta, y así está decretado por ley eterna
que nada engendrado es duradero."

-Todo lo que dices es cierto- asentí yo-, oh madre verdadera de todas las virtudes. Tampoco puedo negar la carrera velocísima de mi prosperidad. Pero es precisamente esto lo que me quema de dolor al recordarlo. Pues, de todos los reveses de la fortuna, el más triste es el de haber sido feliz.
-Qué tu sufras- replicó la Filosofía- por un error de tu manera de pensar no puedes achacarlo al destino. Porque si te seduce el nombre vacío de una felicidad efímera, reconocerás conmigo el gran número y diversidad de bienes de que todavía gozas. Por don del cielo mantienes todavía intacto lo más preciado que puede concederte la fortuna. ¿Cómo, entonces, puedes increpar a la desgracia disfrutando de tus mejores bienes? Te hablo de tu suegro Símaco, que todavía sigue vivo, hombre en pleno vigor y la gloria más ilustre del género humano, llena de ciencia y de virtud. Y lo que es más, un hombre por quien gustoso darías la vida, que no mira sus sufrimientos y llora por los tuyos. Vive también tu esposa, mujer incomparable por su modestia y nobleza de espíritu y que es, lo diré en una palabra, digna hija de su padre. Vive, sí, hasta el punto de que, hastiada de esta vida, sólo vive para ti. Suspira y se consume en lágrimas, sufriendo por ti, algo que, concedería gustosa, mengua tu felicidad.
¿Qué más diré de tus hijos cónsules, que ya reflejan (en cuanto lo permite la edad) la imágen y el talento de su padre y abuelo?. Si, pues, la preocupación principal de los mortales es conservar la vida, ¿por qué no has de reconocerte como el hombre afortunado que conserva todavía ahora bienes más preciosos que la misma vida? Seca ya tus lágrimas. La fortuna no te ha abandonado del todo ni la tormenta se abatió sobre ti con tanta fuerza. Se mantienen firmes las áncoras que no permitirán que no desaparezcan el consuelo de hoy y la esperanza del mañana.
-Y pido que no me abandonen- dije yo entonces-. Mientras las anclas estén echadas, cualquiera que sea el rumbo de las cosas, nos libraremos del naufragio. Pero, ya ves cómo ha decaído mi dignidad.
-Si no estás descontento del todo de tu suerte, algo he conseguido- repuso la Filosofía-. Pero no puedo aguantar más esa cantinela constante con la que expresas tu amargura porque algo falta a tu dicha. ¿Quién es tan feliz que esté completamente de acuerdo con su situación?

La consolación de la Filosofía. Boecio.